MI BLOG DE NOTAS

… me obligo a aceptar todos los párrafos porque se me han ocurrido!

La semana q pasó…

with 4 comments

… luego de mi último post, no fue de las más felices para mí por n cantidad de motivos. Tuve q hacer varias cosas como autómata (q no quería hacer, por lo q simplemente, las sobrellevé lo mejor q pude) e hice tripitas corazón T.T. Sábado y domingo, mejoraron hasta prácticamente volver a la estabilidad ayer… Me encanto, pero, aveces, no quisiera ser yo.

 
En estos días, también he pensado mucho en una historia q hace años leyera en Selecciones (increíble que, con la poca memoria q tengo, recordara los pormenores). Al llegar a mi casa, la semana pasada, Mily estaba en el msn y creo q se la conté como un vago recuerdo de una anécdota de pollos… (luego q revisé la fuente, resulta q fueron caballos ^^’), pero aún así, el trasfondo de lo narrado es el mismo e iwal de bonito… Lo transcribo aquí para q lo disfruten. Para la reflexión y altamente aplicable a muchas cosas en nuestras vidas:
 
Bella por dentro
por Penny Porter (art. publicado en Selecciones de agosto de 1996, de la edición distribuida a Ecuador y Perú)
 

"Cuando de caballos se trata, uno rara vez obtiene lo que desea", solía decirme mi esposo Bill. Sin embargo, la temporada en que paren las yeguas es buena ocasión para hacerse ilusiones. Estábamos empezando a criar caballos de raza appaloosa en nuestro rancho, en Arizona, y yo soñaba con premios y ávidos compradores. Ese primer año, el reluciente pelaje de nueve potrillos ya había encendido de vida y color nuestros pastizales. Tenían luceros en la

frente, y la grupa manchada, como salpicada de jabón.

 
Mientras esperábamos a que naciera el décimo potro, me hice a la idea de que iba a ser el más colorido de todos. Su padre era un semental blanco con manchas castañas que le cubrían medio cuerpo, y una cola multicolor que le llegaba al suelo. La madre tenía el pelo cubierto de miles de lunares del tamaño de una moneda. Incluso yo ya había elegido un nombre para la cría: Firmamento.
 
La noche en que nació, yo estaba viglando a la madre por el televisor de circuito cerrado que Bill instaló en nuestro dormitorio. La yegua brillaba de sudor y sus ojos, muy abiertos, rezumaban ansiedad. Faltaban varias horas para que pariera, así que me fue venciendo el sueño.
 
Al cabo de tres horas desperté, sobresaltada. Miré la pantalla y vi que la yegua estaba echada de costado. El alumbramiento ya había ocurrido, pero no veía al potro.
 
– ¡Bill, despierta! – le grité a mi marido, a la vez que lo sacudía con fuerza -. ¡Algo se llevó a la cría!
 
Mi mente se pobló de perros salvajes, coyotes y otros depredadores.
 
En un santiamén, llegamos al corral, que estaba casi a oscuras.
 
– ¿Dónde está tu pequeño?- dije, al mismo tiempo que me arrodillaba para acariciar a la yegua.
 
De pronto, algo surgió de entre las sombras: era una cara flaca, prieta y fea. Mientras el animalito trataba de ponerse en pie, me di cuenta de porqué no lo había visto en el televisor: no tenía manchas, y su pelo, del color de la tierra, estaba opaco.
 
– ¡No puedo creerlo! – exclamé, mientras nos acuclillábamos para verlo más de cerca -. Esta potranca no tiene un solo pelo blanco!
 
Vimos, además, que tenía otros defectos: frente abultada, la testuz hundida, orejas gachas como de liebre y la cola corta y casi pelona.
 
– Es una reversión genética – me explicó Bill.
 
Yo sabía que él estaba pensando lo mismo que yo. Este animalito jamás se venderá, me dije. ¿Quién quiere un appaloosa tan feo?
 
A la mañana siguiente, cuando mi hijo mayor, Scott, llegó de trabajar y vio nuestra nueva adquisión, dijo sin miramientos:
 
– ¿Qué vamos a hacer con este esperpento?
 
Para entonces, la potranca ya había enderezado las orejas.
 
– Parece una mula – observó Scott -. ¿Quién la va a querer así?
 
Mis hijas Becky y Jaymee, de 15 y 12 años de edad, también se mostraron recelosas.
 
– ¿Cómo van a saber los clientes que es un appaloosa? – preguntó Becky -. ¿Tiene manchas debajo de la piel?
 
– No – repuse -, pero en el fondo sigue siendo de esa raza.
 
– Eso significa que tiene manchas en el corazón – dijo Jaymee.
 
Quien sabe, pensé. Tal vez.
 
***
 
Desde el primer instante, la desgarbada potranca pareció darse cuenta de que era distinta. Los visitantes rara vez la miraban, y cuando lo hacían, les decíamos: "Es que tenemos a la madre en custodia". No queríamos que se se supiera que nuestro hermoso semental había engendrado un adefesio.
 
Cuando la potranca cumplió dos semanas, la soltamos a que paciera con los demás animales. Las madres de los otros potros le mostraban los dientes cuando la veían acercarse. Peor aún, la yegua que la había traído al mundo parecía percatarse de que ella necesitaba mucha protección, así que atacaba a todo caballo que veía a menos de cinco metros de ella. Poco a poco, la critatura aprendió a temer a sus congéneres.
 
No tardé en darme cuenta de que la cría disfrutaba estar con las personas. Ella y su madre eran las primeras en acercarse a la puerta del corral a la hora de comer, y cuando yo le rascaba el cuello, cerraba los ojos complacida. Más adelante, le dio por frotarse la testuz contra mi chaqueta, lamerme la blusa, mordisquearme los botonoes y hasta abrir la puerta del corral para seguirme y restregar su cabeza contra mi cadera. Tal comportamiento no era normal en una potranca. Para colmo, tenía un apetito voraz, y cuanto más engordaba, más fea se ponía. ¿Dónde vamos a encontrarle un hogar? me preguntaba.
 
Un día, llegó un hombre a comprar uno de nuestros mejores caballos para un circo. De pronto, reparó en la potranca y dijo:
 
– No es de raza appaloosa, ¿verdad? Parece un burro.
 
Como el cliente había venido a hacer compras para un circo, pensé que era buena oportunidad para vender la cría.
 
– No lo va usted a creer – respondí -, pero esa potranca sabe hacer muchas cosas: puede sacarme un pañuelo del bolsillo, pasar por debajo de una cerca, subirse al abrevadero y hasta abrir los grifos.
 
– Es una diablilla, ¿eh?
 
– No – dije sin pensar, y luego añadi -: De hecho, se llama Ángel.
 
El hombre se rió.
 
– Lo que necesitamos son animales de colores llamativos – me explicó -. Al público le gustan los caballos con manchas.
 
***
 
Con el tiempo, Ángel, como terminamos por llamarla, aprendió otros trucos. Su preferido era abrir puertas para ir a buscar comida.
 
– Es toda una Houdini – decía Bill, entre divertido y asombrado.
 
– Más bien es una latosa – replicaba Scott que, en cada ocasión tenía que correr a atraparla.
 
Como su apetito era insaciable, yo le daba más paja todas las noches antes de irme a la cama, y eso hizo que me cobrara más afecto. Por desgracia, también aumentó su gusto por la comida. Una mañana, Scott la encontró en el pajar; tenía el vientre inflado y había pacas desparramadas por todos lados. Mi hijo se puso furioso.
 
– Tienes que ponerle más atención – le dije -. Te pasas todo el día aseando y adiestrando a los otros potros. A Ángel no te le acercas más que para gritarle.
 
– ¿Quién tiene tiempo para ocuparse de esa zonza? Además, papá dijo que la vamos a subastar.
 
– ¿Qué? ¿Para que luego la vendan como comida para perro?
 
Corrí a hablar con Bill.
 
– Deja que creza aquí – le supliqué -. Scott puede acostumbrarla a la silla de montar cuando cmpla dos años. Es muy dócil, así que para entonces quizá alguien se interese por ella.
 
– Bueno, un caballo más no nos arruinará por ahora – dijo-. La llevaremos al pastizal del este. No hay mucho forraje allí, pero…
 
Ángel estaba a salvo, al menos por el momento.
 
***
 
Pasaron los meses. Al sol resplandeciente siguió la lluvia, que llegó acompañada de millones de moscas. Un día, cuando Ángel tenía dos años y medio, vi a Scott conducirla al establo. El lomo del animal, infestado de larvas de mosca, estaba en carne viva a causa de las picaduras y de tanto azotarse con la cola para ahuyentar a los insectos.
 
Esa cola no le sirve para nada – me dijo Scott, mientras le administraba un antibiótico -. Le voy a hacer una nueva.
 
Fue entonces cuando me di cuenta de que se estaba encariñando con la potranca.
 
A la maña siguiente, no pude reprimir una sonrisa al ver a Scott cortar y trenzar una gavilla de cordeles a fin de formar un largo mechón que luego ató con cinta adhesiva a la cola de Ángel.
 
– Muy bien – dijo -. Ahora parece casi un caballo normal.
 
Cuando Ángel se restableció, Scott decidió tratar de adiestrarla para montar. Bill y yo la vimos ensillarla sentados en la cerca del corral. El animal arqueó el lomo.
 
– ¡Esto va a ser como una función de rodeo! – murmuré.
 
Sin embargo, Ángel no se movió, como habrían hecho muchos caballos; esperó pacientemente a que Scott terminara de apretarle la correa alrededor del abultado vientre.
 
Cuando Scott la montó y apretó los costados con las rodillas, Ángel mostró el carácter complaciente de su raza: mi hijo le dio la orden de avanzar y ella obedeció como su estuviera acostumbrada a hacerlo desde hacía años. Yo alargué un brazo y le rasqué la frente.
 
– Algún día será un magnífico caballo de montar – vaticiné.
 
– Con ese buen temperamento, hasta podría servir para jugar al polo – convino Scott -. O para pasear niños.
 
***
 
Al poco tiempo, Ángel ya estaba ayudando Scott a adiestrar potros. Mi hijo ataba un extremo de una cuerda a la silla de la yegua y el otro a la cabeza del potro. Entonces Ángel tiraba del animal, en ocasiones incluso a rastras.
 
Cuando las otras yeguas parían, Ángel les relinchaba a las crías recién nacidas como si fueran suyas.
 
– Deberíamos cruzarla – le dije un día a Bill -. Ya tiene cuatro años. Tiene tal capacidad de amar, que será una madre estupenda.
 
Mi esposo estuvo de acuerdo.
 
– Los clientes suelen comprar yeguas que ya se han apareado – comentó -. Quizá podríamos encontrarle un hogar.
 
Entonces vi que Scott frunció el entrecejo. ¿De veras le dolería separarse de ella?, me pregunté.
 
Durante los meses de invierno en que estuvo preñada, Ángel dejó de escaparse del corral. Luego, a principios de abril, cerca de la fecha del alumbramiento, se desató un aguacero que hizo verdear nuestros campos. Sabíamos que la yegua pronto volvería a escaparse para ir en busca de alimento.
 
Un día amaneció con una repentina racha de tiempo frío. Yo estaba desayunando en la cocina cuando vi entrar a Scott con una mirada sombría bajo su sombrero de ala ancha.
 
– Será mejor que vengas – me pidió sin alzar la voz -. Ángel se escapó del corral anoche.
 
Tratando de aplacar mis temores, seguí a Scott hasta su camioneta.
 
– Ya parió al potro – dijo -, pero papá y yo no pudimos encontrarlo. La yegua… se está muriendo.
 
Cuando llegamos a donde estaba Ángel, vi a mi esposo acuclillado junto a ella.
 
– No hay nada que hacer – observó, al tiempo que señalaba con el dedo nuestros exuberantees sembradíios, una tentación irresistible para un caballo de insaciable apetito -: comió demasiada alfalfa.
 
Entonces, coloqué la enorme cabeza de Ángel sobre mi regazo y la acaricié detrás de las orejas. Los ojos de Scott se llenaron de lágrimas.
 
– Es la mejor yegua que hemos tenido – dijo, sollozando.
 
¡Ángel! supliqué en silencio, ¡no nos dejes, por favor! Con un nudo en la garganta, la acaricié y oí su respiración entrecortada. Luego, tensó las patas, arqueó el cuello hacia atrás y se estremeció en un último estertor. La miré a los ojos, pero ella ya no pudo verme: estaba muerta.
 
Al cabo de unos instantes, oí a mi hijo gritar lleno de emoción:
 
– ¡Mamá, papá! ¡Vengan, aquí está el potro!
 
Hundido en la olorosa hierba había un diminuto potrillo. Un lucero le iluminaba la frente, y tenía el lomo y la grupa salpicados de lunares: era un auténtico ejemplar de raza appaloosa.
 
– Firmamento – murmuré. Sin embargo, para entonces, los colores habían dejado de importarnos.

Anuncios

Written by MariCarmen

29 julio, 2008 a 13:13

Publicado en Sin categoría

4 comentarios

Subscribe to comments with RSS.

  1. La vida es como viajar en una autopista: Pasamos por un tunel oscuro lleno de problemas y contrariedades, y después, todo vuelve a la normalidad. Hermoso el relato, y más lindo todavía los dibujos de caballos. Gracias por compartir con nosotros tus pensamientos. La verdad es que es muy lindo ver blogs que muestren textos, relatos, anecdotas, y no solamente fotos, que si bien son interesantes, también es bueno, saber un poco más de la gente con la que uno se cruza en la web.
    Beso grande.

    Ğuillermina

    29 julio, 2008 at 16:33

  2. Espero q la tranquilidad me dure un buen tiempo, no deseo por lo pronto otro túnel! Gracias por tus palabras ^^, subiré más cosas así de cuando en cuando…
     
    Beso grande a ti también.

    MariCarmen

    29 julio, 2008 at 17:58

  3. Hermoso cuento… siempre hay historias realmente inspiradoras en esa revista, cada vez que puedo lo devoro, alimenta bastante el espiritu… como dice el dicho: no hay mal que dure cien años, espero que las cosas te vayan bien, lo importante es el estado de ánimo, =DPor cierto… JUELIZ CUMPLEAÑOS!!!

    Mary

    31 julio, 2008 at 13:48

  4. Que bueno q te haya gustado esta pequeña selección! Y gracias mil, Mele por acordarte de mi cumple ^^, te quelo mucho, besos!

    MariCarmen

    1 agosto, 2008 at 13:22


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: