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… me obligo a aceptar todos los párrafos porque se me han ocurrido!

De qué hablo cuando hablo de Murakami (aunque aún sea poco)…

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Puedo contarles que mi fascinación con el aclamado escritor japonés, Haruki Murakami, es relativamente reciente. Más aún: yo no lo conocía y ni siquiera me sonaba ya que, en verdad, no ando particularmente atenta a los novelistas actuales, puesto que mis gustos suelen ser bastante más retro (quienes me conocen saben que tengo cierta obsesión marcada por los de fines del XIX y principios del XX). Pero como comenté en alguna parte hace poco: tú no escoges al libro, el libro te escoge a ti y, al parecer, “Murakami me ha escogido”. A veces es increíble como algo tan simple como leer un montón de frases sueltas y de modo random puede, de pronto, conectar contigo y moverte cosas en las que realmente deseas hurgar y profundizar. Y ese ha sido mi caso. Resulta que estoy suscrita a un fanpage de Literatura y Psicoanálisis en FB en donde continuamente citan a un montón de personalidades y, un buen día, comenzaron de pronto a colocar frases de este autor. Creo que les di “like” a todas porque algo ahí me conmovió. Supongo que fue porque inconscientemente, yo saltaba alrededor de reflexiones similares en esos momentos sintiéndome, de pronto, cobijada y entendida por un equis de quien, hasta ese momento, yo no tenía mayor referencia.

No se preocupen que mi intención no es aquí decirle a nadie: “¡Tienes que leer a Murakami!”. Porque ya me convencí de que nada vale a veces que te presten o recomienden tal o cual obra si tu corazón o mente en realidad no desea dialogar de esos temas en esos momentos. Y es que, en mi opinión, el acto de leer es una conversación con la propuesta de su autor y, como ocurre con toda conversación, hay temas de los que nos gusta hablar más que otros y otros que no. Lo más que puedo hacer es compartir un poco de mi experiencia con dicho autor, a ver si por ahí te mueve cosas a ti también. Así de sencillo.

Intento recomponerme a mí mismo. Para conseguirlo tendré que ir de aquí para allá buscando los fragmentos de mi ser. Como si fuera reuniendo pacientemente, una tras otra, las piezas desordenadas de un puzzle”. (Kafka en la orilla)

Pronto me enteraría de que, a la fecha, Murakami tiene una gran cantidad de obras que lo hacen en la actualidad, incluso, eterno candidato al premio Nóbel de Literatura (¿se lo darán algún día?) y una gran cantidad de seguidores entusiastas. Con mucha más curiosidad, decidí empezar a leerlo, si bien aún no sabía por cuál de su cerca de veintena de obras escoger… Finalmente, me decidiría no por una de sus mundialmente famosas novelas, si no más bien por un ensayo sobre correr, un tema que le apasiona. 

Probablemente se pregunten por qué escoger un ensayo sobre el hecho de correr y no un cuento o una novela (más aún considerando que casi todas esas frases que me cautivaron provienen precisamente de ellas y no precisamente de este ensayo). Sin embargo, además de llamarme mucho la atención el título (tenía la impresión de que se trataría de algo más filosófico o metafísico), algo me decía que sería una mejor forma de conocer realmente a este autor, a través de un texto mucho más íntimo y entender un poco más acerca de su filosofía de vida que, en unas pocas frases, tanto me ha cautivado.

Y no me equivoqué. El libro es una delicia. A grandes rasgos, trata de cómo el hecho de correr ha contribuido para el autor a forjar tanto su carácter como su espíritu. El ejercicio le ayudó con su carrera literaria y,  cuando uno lee este ensayo, al igual que el propio Murakami, surge la disyuntiva entre definirlo como un corredor que escribe o como un escritor que corre. Lo que sí está claro es que para él el hecho de correr es sobre todo una necesidad espiritual  y, a través de sus reflexiones, nos hace partícipes de su propio proceso de autoconocimiento ligado al sacrificio, el esfuerzo y la siempre complicada tarea de saber motivarse.

Aparentemente, serviría más para aquellos que practican algún deporte, pero no, ya sea que suelas correr o no, creo que cualquiera tendría que leer este libro. Aquí he hallado, incluso, ideas aún más profundas que las que he podido ubicar en otros textos. Las coloco aquí porque no tienen pierde (y he constatado que nadie ha hecho una recopilación de lo mejor de este texto en Internet), por lo que espero que De qué hablo cuando hablo de correr, a quien sea que esté leyendo este texto ahora, también lo escoja:

“(…) desde antaño, no sé por qué, nunca he tenido especial interés en competir con los demás para ver quién gana o pierde. (…) Me interesa saber más ver si soy capaz de superar los parámetros que doy por buenos”.

“(…) el simple hecho de correr una hora todos los días, asegurándome con ello un tiempo de silencio sólo para mí, se convirtió en un hábito decisivo para mi salud mental. Al menos, cuando corría no tenía que hablar con nadie ni que escuchar a nadie. Bastaba con contemplar el paisaje que me rodeaba y mirar hacia mi interior. Eran momentos preciosos e insustituibles”.

“Ni yo mismo soy capaz de discernir con claridad si la persona que soy, y que se encuentra en ese mundo, es feliz o infeliz, pero tampoco creo que merezca la pena preocuparse en exceso por eso. (…) Así que, en lo que a mí respecta, por el momento sólo puedo dejar para más adelante las valoraciones de detalle, aceptar las cosas como son e ir viviendo con ello”.

“(…) el mundo es lo que es porque en él hay gente de todo tipo. Los demás tienen sus valores y llevan una vida conforme a esos valores. Yo también tengo los míos y vivo conforme a ellos. Las diferencias generan pequeños roces cotidianos y, a veces la combinación de varios de esos roces se transforma en un gran malentendido. Como consecuencia de ello, se reciben a veces críticas infundadas. Y es evidente que no es agradable que te malinterpreten o te critiquen. Te puedes sentir profundamente herido. Es una experiencia muy dura.

Sin embargo, a medida que uno acumula años, poco a poco va adquiriendo conciencia de que esas heridas y esa dureza son, en cierta medida, necesarias para la vida. Si se piensa con detenimiento, es precisamente porque somos muy distintos unos de otros por lo que conseguimos ponernos en marcha y perdurar como seres independientes. En mi caso, gracias a que todos somos muy distintos, puedo seguir escribiendo novelas”.

“(…) el deseo de escribir una novela de mayor calado me perseguía. (…) Si me ponía a ello con toda mi alma y, aún así, no funcionaba, acabaría por resignarme. Pero, si fracasaba por haberlo intentado sólo a medias, iba a lamentarlo por el resto de mis días”.

“Es sólo mi opinión, pero, en la vida, a excepción de esa época en la que se es realmente joven, deben establecerse prioridades. Hay que repartir ordenadamente el tiempo y las energías. Si antes de llegar a cierta edad, no dejas bien instalado en tu interior un sistema como ése, la vida acaba volviéndose monótona y carente de eje”.

“(…) nunca he recomendado a nadie de mi entorno que corra. En mi opinión, hay que evitar en lo posible decir cosas como: ‘Correr es algo estupendo. ¡Corramos juntos!’ Si una persona tiene interés en correr largas distancias, en algún momento se pondrá a correr por su propia cuenta aunque no se le diga nada; y, si no tiene interés, de nada le servirá que se lo recomendemos fervientemente. El maratón no es un deporte para todo el mundo. Ocurre lo mismo con el oficio de escritor, que tampoco es para todo el mundo. Yo no me hice novelista porque alguien me lo pidiera o me lo recomendara (en todo caso, intentaron disuadirme). Me hice novelista por iniciativa propia. Del mismo modo, uno no se hace corredor porque alguien se lo recomiende. en esencia, uno se hace corredor sin más “.

“(…) Así es la escuela. Lo más importante que aprendemos en ella es que las cosas más importantes no se pueden aprender allí”.

“Me empiezan a molestar las ovejas que pastan felices, esparcidas por el escampado que hay a un lado de la carretera, y me empieza a molestar el fotógrafo, que no cesa de disparar su cámara desde el coche. El ruido del obturador de la cámara es demasiado fuerte. Hay demasiadas ovejas. Apretar el obturador es la labor del fotógrafo y pacer es el de las ovejas. No tengo derecho a quejarme”.

“No existe en ninguna parte del mundo real nada tan bello como las fantasías de alguien que ha perdido la cordura”.

“Hay algunos procesos que, hagas lo que hagas, no toleran los cambios. Eso creo yo. Y, si no tenemos más remedio que coexistir con ese tipo de procesos, lo único que podemos hacer es transformarnos (o deformarnos) nosotros mismos mediante perseverantes repeticiones e ir incorporando esos procesos hasta que formen parte de nuestra personalidad”.

“Estoy tan liado que querría que movilizar a un segundo yo para que me ayudara. De todos modos, sigo corriendo. Para mí, correr a diario es vital, de modo que no puedo aflojar o dejarlo sólo porque esté ocupado. Si tuviera que dejar de correr sólo porque estoy ocupado, sin duda no podría correr en mi vida”.

“Por eso, la mayoría de la gente, que solo ve el exterior, cree que el trabajo de novelista es una tranquila labor intelectual de despacho (…). Pero, si probaran de veras a hacerlo, estoy seguro de que en seguida me comprenderían y se darían cuenta de que escribir novelas no es un trabajo tan apacible. Es sentarse ante la mesa y concentrar todos tus sentimientos en un solo punto, como si fuera un rayo láser, poner en marcha tu imaginación, a partir de un horizonte vacío y crear historias, seleccionando una a una las palabras adecuadas y logrando mantener todos los flujos de la historia en el cauce por el cual deben discurrir. Y para este tipo de labores se requiere una cantidad de energía a largo plazo mayor de lo que realmente se cree. Y es que, aunque realmente el cuerpo no se mueva, en su interior está desarrollándose una actividad frenética que lo deja extenuado. Por supuesto, la que piensa es la cabeza, la mente. Pero los novelistas, envueltos en el ropaje de nuestras ‘historias,’ pensamos con todo el cuerpo, y esa tarea requiere que el escritor use -en muchos casos que abuse- todas sus capacidades físicas por igual”.

“(…) es muchísimo mejor vivir diez años de vida con intensidad y perseverando en un firme objetivo, que vivir esos diez años de un modo vacuo y disperso.”

“(…) Con la edad, uno va aprendiendo a apañárselas con lo que tiene. Acabas sabiendo preparar una comida decente (e ingeniosa) con lo que queda en el frigorífico. Aunque sólo queden manzanas, cebollas, queso y umeboshi, no te quejas. Te las apañas con lo que tienes. Y das gracias por tener algo que llevarte a la boca. Llegar a pensar así es una de las pocas ventajas que tiene la edad”.

“Es posible que ver a diario una gran cantidad de agua sea algo crucial, lleno de sentido, para el ser humano (…). Inmerso en la corriente que acarrea todas estas vivas sensaciones, adquiero conciencia de que este ser que soy yo no es más que una minúscula pieza dentro del inmenso mosaico de la naturaleza”.

“(…), por su origen, los actos artísticos contienen en sí mismos agentes insanos y antisociales. Admito esto sin paliativos (…). No obstante, creo que aquellos que aspiran a dedicarse a escribir novelas profesionalmente durante mucho tiempo tienen que ir desarrollando un sistema inmunitario propio que les permita hacer frente a esa peligrosa (a veces incluso letal) toxina que anida en su cuerpo (…) . Para tratar con cosas insanas, las personas tienen que estar lo más sanas posibles (…). Y es que lo sano y lo insano no se hallan en polos opuestos. Tampoco se enfrentan entre sí. Se complementan mutuamente y, en algunos casos, pueden contenerse mutuamente de forma natural. A menudo, la gente que tiende a lo sano sólo piensa en lo sano, y la que tiende a lo insano sólo piensa en lo insano. Pero esas inclinaciones extremas impiden que la vida resulte de veras fructífera”.

“Después de sumirme en una profunda extenuación, y después de aceptarla, yo seguía corriendo con firmeza…y eso era lo que más deseaba en este mundo, lo que deseaba por encima de todo”.

“(…) No llegaba a ser orgullo, pero cierta sensación de éxito fue extendiéndose por mi pecho como si en ese momento, por fin, la hubiera recordado. Eran la alegría y el alivio de saber que todavía quedaban dentro de mí fuerzas suficientes para asumir situaciones de riesgo e ir capeándolas. Era el alivio. Y quizás el sentimiento de alivio era más intenso que el de alegría. Sentía como si poco a poco se deshiciera una especie de nudo que tenía fuertemente atado dentro de mí. Y ni siquiera me había dado cuenta de que en mi interior existía tal cosa”.

“Para ser franco, tampoco yo sé muy bien qué provocó mi ‘tristeza del corredor’. No entiendo en qué circunstancias ni por qué razones surgió, y tampoco en qué circunstancias ni por qué motivos ahora se va debilitando y desapareciendo. Creo que todavía no soy capaz de explicarlo bien. En última instancia, tal vez sólo pueda afirmarse una cosa: que quizá la vida sea así. Y así quizás no nos quede otra opción que aceptarla sin más, tal cual, sin buscar circunstancias ni motivos. Como los impuestos, las subidas o bajadas de las mareas, la muerte de John Lennon o los errores arbitrales en el Mundial de Fútbol”.

“Yo sólo dispongo de mi experiencia y mi instinto. La experiencia me enseña: ‘Ya has hecho todo lo que tenías que hacer. A estas alturas poco importa lo que pienses. No queda sino esperar a que llegue el día’. Y el instinto me dice una sola cosa: ‘Imagina'”.

“Pero la gran mayoría de los problemas a los que se enfrenta el mundo en la actualidad se imputan, en mayor o menor medida, al calentamiento global. Si caen las ventas en la industria de la moda, si las olas arrastran una cantidad ingente de troncos hacia la costa (…), la responsabilidad se la lleva en su mayor parte el calentamiento global. Lo que necesita el mundo es un malvado concreto, con nombre y apellidos, al que poder señalar con el dedo y espetarle: ‘La culpa es tuya'”.

“En la vida real, no obstante, las cosas no suelen salir tan bien. Cuando en un momento de nuestras vidas, acuciados por la necesidad, deseamos que ocurra algo agradable, la mayoría de las veces el que llama a la puerta es el cartero trayéndonos malas noticias (). El pobre cartero sólo cumple honestamente con el trabajo que le ha encomendado su jefa. Y su jefa no es otra que…, eso es, una vieja conocida: la realidad. De ahí que necesitemos un plan B”.

“Todo resulta más fácil si tenemos bien claro cuál es el objetivo que buscamos”.

“(…) pero después, cuando miras, lo comprendes y te dices: ‘¡Ah, claro, era para eso!’ Todas las piezas encajan, atisbas la imagen de conjunto y, por primera vez, comprendes la función de cada pieza. Es como cuando el cielo clarea al amanecer y las formas y las tonalidades de los tejados de las casas, hasta entonces sólo vislumbradas vagamente, empiezan a distinguirse con nitidez”.

“Y es que, por muy mayor que uno se haga, mientras viva siempre descubre cosas nuevas sobre uno mismo. Por mucho que uno pase desnudo escrutándose ante el espejo, éste nunca llegará a reflejar su interior”.

“Aunque hayas pasado muchos malos ratos, aunque la carrera no haya ido como tú esperabas, una vez que rebasas la línea de meta todo eso se desvanece”.

“Y, a veces (si todo va bien), podemos aprender que lo que de veras da calidad a la vida no se encuentra en cosas fijas o inmóviles, como los resultados, las cifras o las clasificaciones, sino que se halla, inestable, en nuestros propios actos”.

“(…) lo más importante para nosotros es, en la mayoría de los casos, algo que no puede verse con los ojos (aunque sí sentirse con el corazón). Y, a menudo, las cosas verdaderamente valiosas son aquellas que sólo se consiguen mediante tareas y actividades de escasas utilidad. Tal vez sean tareas y actividades vanas, pero jamás estúpidas. Eso pienso yo. Pienso así tanto por mi sentir, como por mi experiencia”.

 

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Written by MariCarmen

31 marzo, 2014 a 2:33

Publicado en Sin categoría

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