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Sobre la felicidad

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Creo que ya lo he dicho antes. La felicidad, para mí, es un estado mental. Algo que en está en uno y que, pase lo que pase, te llevo a aceptar las cosas, valorar lo que tienes y disfrutar de los pequeños grandes momentos. En pocas palabras, se asemeja a la paz interior. Algo que he visto en otros y creo que hasta yo misma sentido por momentos pero que aún yo llega a ser profundo y verdadero.

Y yo soy todo lo contrario. Como un monstruo que siempre quiere más, anhela lo que no tiene y se obsesiona con lo que no debe. Con un miedo terrible de todo aquello que no puede controlar (sobretodo del futuro). Autoestima de media a baja. Celosa. Posesiva. Orgullosa aunque me mates. Mi mayor crítica. Exigente. Quizás mi mayor mérito es lo mucho que lucho conmigo misma cada mañana, de la mano de lo muy frustrada que termino al concluir cada día. 

Ayer volvía a releer ciertos fragmentos de la versión electrónica de Comer, rezar, amar y pensaba en lo mucho que el capítulo de la India me recuerda a mi propia situación personal actual y en lo terriblemente difícil que me resulta estar en paz conmigo misma. Soltar todo aquello que me ata y me hace seguir enferma del alma. Y es que, nunca parece ser suficiente.

Sé de quienes aún viviendo en una choza en el fin del mundo pasando toda clase de estrecheces se las arreglan (sabrá Dios cómo) para sobrevivir. Y sin lamentos. Una buena amiga mía que supera los 50 años me contó la historia más divertida sobre cómo venció su propio cáncer que haya escuchado jamás. El drama no aparecía ni por asomo en alguna parte de su historia. Y la persona más feliz del mundo que llegué a conocer personalmente (un monje budista que llegó a dar un par de charlas a Lima) era la viva representación de la ternura, honestidad y paz. Se trata de seres especiales, diría incluso privilegiados y con una gran comprensión de las cosas que han logrado trascender sus circunstancias y estar satisfechos de sí mismos y el mundo que los rodea.

En este sentido, me he quedado pensando, sin ir más lejos, en mi propia mamá, que sonríe cada vez que el gato la levanta temprano para pedirle comida, cocina a las 5am y luego parte (como siempre desde hace más de 30 años) al mismo lugar de trabajo en el que ha pasado buena parte de su vida. Mi mamá, que siempre va al mismo mercado, al mismo cine, al mismo restaurante, que sólo conoce 3 o 4 sitios más aparte de Lima y tampoco se muestra demasiado entusiasmada en conocer más porque ama demasiado su propia cama. Con dos hijas bastante engreídas y un esposo que (y al menos desde mi propio punto de vista) es más un tercer hijo que un verdadero compañero y cuya relación me hace pensar en todo aquello que no quiero en un matrimonio. Al reflexionar sobre su propia vida me estremezco pensando en que no desearía estar en sus zapatos… pero sí, efectivamente envidio su capacidad para estar satisfecha de todo aquello. O tal vez todo aquello en realidad sí es perfecto y sólo resulta que son mis ojos…

Y aquí, lejísimos y apartada de todo estoy yo, por oposición. El eterno dolor.

dalai

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Written by MariCarmen

31 enero, 2015 a 11:41

Publicado en Sin categoría

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