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También mi síndrome

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Leí Ana Karenina en el momento en que tenía que leerlo, dándome cuenta de que, si a veces tengo tanto miedo de mí misma es que puedo encontrar puntos de identificación en una personalidad con gran peligro de consumirse sola. Pensaba también en que no quería ser Ana, quería ser Kitty y llegar a pasar la página de todo aquello que me entristecía para encontrar la felicidad verdadera y ser capaz de conservarla para siempre.

El síndrome de Anna Karenina

Tolstoi sabía muy bien de lo que hablaba. Las pasiones arrastran, consumen, duelen y, lo mismo que haría cualquier droga, nos descolocan, alejándonos de una vida con mejores propósitos. No, no creo que las pasiones descontroladas nos hagan felices. Nada que te haga feliz (lo sé, lo siento) tiene que ver con el exceso, con el constante e insatisfecho anhelo, con el no poder vivir sin el objeto de tu afecto.

Ya con el tiempo, he también pensado que ubicarse en el otro extremo (Kitty), aunque puede proporcionarte una vida con más grandes satisfacciones, puede pasar que, un día, en medio de esa paz, algo falte…

Realmente creo en el equilibrio. Jorge Amado lo entendió mejor. Quién tuviera la suerte de doña Flor… 

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Written by MariCarmen

7 febrero, 2015 a 5:50

Publicado en Sin categoría

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